Publicada en

Transgresión y otros poemas de Margarita Belandria

TRANSGRESIÓN

 

Es ahora el ave de vuelo más alto y más hondo canto.

Descosida a pulso de ásperos barrancos,

frotando piel y huesos entre espinas,

ha enterrado en ellas humores viejos

y plumas laceradas

para el lance transgresor hacia lo alto.

A este otro plumaje  ya no lo chamusca ningún fuego,

ni el triunfo sobre el dolor,

aunque siempre lo padezca,

habrá de envanecer  su canto.

Nunca de los astros vio tanto brillo

ni tanto fulgor de los volcanes hirvientes.

Nada se le escapa de las grietas ocultas por la hiedra,

ni de las calles donde millones de párpados

trémulos por justicia claman,

ni del palacio donde el autor de la desdicha baila.

Tropel de rabias de jauría,

quien hoy danza sobre la hierba pisoteada

no habrá de escapar de entre sus llamas.

Perpetua e implacable en su vigilia cuida el canto sereno,

que nadie lo emponzoñe ni haga turbio

el resplandor de su cristal inagotable.

A las fauces de la hosca realidad las desafía,

se para enfrente blandiendo el verbo que taladra:

que caiga y ruede lejos el autor de la desdicha,

porque no hay tronera más oscura que su espejo

ni sombra más inmóvil

que la desprendida de su tiniebla descarnada.

Que no nos atrape su demencia

y descuartice los sándalos del aire.

Que no se nos pierda la memoria:

nos sorprendió en la noche con su lengua larga

y su ojo de reptil soliviantado. 

Pero nosotros, como feroces combatientes,

recogemos  los caídos en plazas y calzadas,

y vamos encendiendo una lámpara que vigile la ternura,

y otra vigilante del hálito divino

que se amaña únicamente

en donde sólo de amor los corazones saltan.

Y podremos mirar las mansas aguas

traspasando  los umbrales de la Tierra,

y podremos celebrar a la paloma

que llega volando al campanario

a dibujar el arco iris de esta alianza.

Saldrán entonces los pequeños ruiseñores

a cantar un nuevo día

y los colibríes a trenzar  sus nidos

con otros musgos y nuevos algodones

en la misma araucaria

donde se alzan las bromelias ondulantes.

(Mérida, 2017)

 

LA YERBA DE LAS ROSAS

 

Despido sin duelo los festines.

Un aplauso sacude los huesos de  mis manos,

las  que retiran la yerba de las rosas

y tiemblan  al rumor de los clamores

maldiciendo al  colmillo  enrojecido

que muerde el dolor de los corderos.

Manos para  siembras afanadas,

para tantear oleadas de palomas

que olvidadas de nidos y algodones

muy lejos se alejan arrullando.

 

 

RUMBO AL SUR

 

No es posible desandar mis pasos.

Una corriente de vientos platinados

los arrastra con  fuerza vegetal

al verde territorio de vendimias

que se apresta cuantioso  al agasajo.

 

Es un trueno que resuella adentro,

relámpagos australes,

festejos de risa enamorada,

temblores en mi mano agradecida.

 

 

CUANDO LA TARDE MUERA

 

Mañana cuando llueva miraré a la araucaria con sus viejos temblores.

Cantaré aquella canción mañana mismo cuando la tarde muera.

Entonces, ¿quién estará en la puerta  cuando  el invierno venga?,

¿Quién  en la sala para  escuchar del viento  su gemido?

Pienso en qué harás con la delgada huella que acomodé en tus manos,

con esa lágrima que saltó de donde tu alma se levanta.

Recuerdo  en tus ojos el revoloteo de golondrinas

y en tu boca   el susurro quedo de las abejas errantes.

Voy soñando  tus manos imposibles,

y tus pies enrumbados por lugares que ignoro.

 

 

PORFÍA

 

Dijo un día que no invitara a nadie a nuestra casa.

Alguien terminaría escribiéndonos un cuento en el corazón,

poniendo en él una canción,

susurrando en él,

porfiando en él.

No escuché nada;

ahora un piélago separa nuestras casas.

 

En los potreros solos  crecen los abrojos cada vez más altos

y plantas  que  despiden al sol de las ventanas.

Las soleras del techo son pasto de termitas;

un polvillo de madera

hace un montón sobre la cama

donde  sólo duerme bajo las cobijas

el recuerdo de una canción

que alguien musitó en el corazón,

cuchicheando en él,

porfiando en él.

 

***

 

Poemas publicados en el libro Otros puntos cardinales. Coedición de la Asociación de Escritores de Mérida y el CENAL. Mérida,  de 2006.

 

 

SUR

 

La puerta de mi casa mira siempre al Sur,

donde las aguas escurren a morir

y los pájaros caen como ceniza.

 

Oigo el  seco crujir de los geranios

por  el  silbido que baja de las nubes.

 

Vivo solamente si me dueles,

si ardes como antorcha entre mi carne.

 

Ríos que braman siempre al Sur.

Siempre al Sur,

hacia donde la puerta de mi casa mira.

 

 

SUBLEVACIÓN

Has hecho mis ojos para mirar la nada,

mi lengua incapaz de pronunciarte,

mis oídos sordos a la sinfonía de las esferas.

Abro la puerta por donde salió la ausencia:

los árboles gritan su caída;

las piedras, su silencio.

Los corazones golpean furiosos en los pechos afanados,

y un alcatraz vigila el eco de su corazón dormido.

Mi alma delgada de tristeza se subleva.

Clama en el áspero color  de los desiertos,

en el grueso sabor  de la tiniebla.

Como yo aquel día

has puesto un silbido en el roto corazón de la calandria,

y un nidal secreto en cada bosque de la Tierra.

Desde esta tierra querida de la muerte

lenguaradas  se alzan en busca de tu nombre.

Callado el cielo  oscurece  herbolarios tropicales,

borrando de tristeza ciertas tardes,

aquella esquina no mirada.

Por ti los lirios cayeron de rodillas

y una barca ligera se arriesga en profundidades marinas.

En la tarde postrera regresas una nube

a la niña que juega con  zafiros.

 

VELO

 

Que ande yo como ahora

sin las venas palpitando;

sin un hilo de voz

entre este bosque de alaridos.

 

Yo, que durante siglos velo

el ronco sonido de la noche,

he mirado con estos pobres ojos

el llanto mudo del parto de las perras,

y la orfandad de cuanto habita

bajo el cielo arrodillado.

 

Yo, que yazgo sobre tierra fría

oyendo caer la ceniza de los muertos,

me pierdo a las cuatro de la tarde

en sopores estivales

y siento

una enorme punzada

al  recordarte.

 

EL OLOR DE MI EXISTENCIA

 

Huelo mi existencia

y sólo encuentro  los gestos

inventados.

 

¿Qué destino ha tomado el autor de las hechuras

que revuelve sangre, barro, vida, yerba y muerte?

 

¿Soy del llanto que llevo en las pupilas?

 

Despertar quisiera en otra hora,

hilar minutos  de otra orilla

y estas lágrimas saberlas mías.

 

 

AGUA CALMA

 

Como agua calma

miro las tardes alumbrar.

 

Ovillando los recuerdos

asoman  mocedades

en los resquicios del tiempo.

 

Desempolvo el espejo

que guarda mi memoria,

y sólo consigo mi nombre

y este destino inexplicable.

 

 

ALBRICIAS

 

Noches de espeso latido mineral.

Noches enteras ovillando soledades,

mirando la estatua de mis huesos

pálida de tantos resplandores.

 

Imposible amordazar

al tiempo,  su alarido;

reclamar las albricias

de tanta brevedad.

 

 

ABISMOS

 

Por el suave andar  de las olas que me gritan

y la misteriosa adhesión de  la hiedra entre los muros,

palpito en el seco temblor de los geranios,

en la mirada triste de los perros

y  la queja que escurre de las nubes.

 

He hallado una rosa ante mi puerta.

He sentido el  beso tuyo en mi rodilla.

Oigo el rumor de todos los silencios

y de cada instante su muerte repentina.

 

Sé del temblor que tiembla en las entrañas.

Sé de tu alma que mide los abismos.

Sé de la voz que desciende vertical

que arroja y que calcina.

 

 

OTROS TEJADOS

 

Cuando los aguijones de la soledad

se claven en  nuestros aposentos

estarán nuestros ojos

en espejos desteñidos,

en  tejados  diferentes.

 

Otras  puertas

se abrirán  a nuestras sombras.

 

Mañanas menos tibias.

Crepúsculos más pálidos.

Otros puntos cardinales.

 

SIN NOMBRE

Entró igual que un águila

volando a través de las cornisas.

Enrumba alas y memoria

hacia las casas agachadas

en la cresta del barranco

que antes fuera la colina más alta.

Otea.

Escarba  el hedor de  los corrales

despeñados hace tiempo.

Muy lejana se oye la voz  de un campanario.

Con el mismo impulso

sale en estampida a buscar otros aires,

y  su rastro sólo queda

en los ojos aguados

de los perros sin nombre.

 

 

EN LA TARDE

 

¿Por la simple levedad de tu sonrisa

debo desgarrar la vida mía?

 

¿A dónde fueron los besos

que echabas a volar hacia los míos?

 

Camino y desando el vecindario.

Nada me indica el sendero que te lleva,

¿hacia otros brazos amados igual como los míos?

 

La cuerda cruel se ajusta en mi garganta.

Mis labios solos ofician su canto al beso prometido.

 

Me mira la tarde con su cara triste,

y con la misma tristeza yo también la miro.

 

¡Quisiera olvidar hasta el sonido que te nombra!

¿Quisiera olvidar ese sonido?

 

 

CON LA TRISTEZA AL HOMBRO

Quise despedir

tristemente a mi tristeza.

Vagué por calles grises

en busca de un lugar

para tirarla.

Pero ella

acarició mis ojos,

se  enroscó en mis labios

y, como  gota de hiel,

se instaló en mi garganta.

 

 

MIS RANAS

A Pedro, Miguel y Leo

 

Noches lejanas, eterna letanía,

detenida y doliente en los rosados del alba.

 

Croando su tristeza sajaron mi corazón

al filo de su canto.

Con esa cicatriz desafié mi mundo de verdugos

que osaron mudarnos la esperanza.

 

Mis viejas ranas

de plateados charcos,

lectoras de la lluvia,

maestras del pantano.

(Mérida, 1984).

 

 

ELEGÍA

A José Luis Dugarte Belandria

 

Qué bonito se oye tu nombre

desde la penumbra

donde crecen florecitas

con tu llanto sepultado.

Bien bonito se oye ese nombre

del que brotan saltarinas

algunas letras sustanciales:

La  r  de tus risas apagadas.

La  i con su gorrita puesta

sobre estragos de quimioterapia.

La  a  dolorosa de la madre

tiñendo sus cabellos de oro

para esconder

tanta tierra encima,

tanta lágrima.

 

BRIZNA DIMINUTA

 

La tarde acaricio con mirar sereno,

el alma dulce por el  llanto,

las aves  amorosas en los cielos.

 

Emergen  flores  de sus trazas verdes

en tono celeste con la tierra.

 

Y el gorjeo de la vida

en la brizna diminuta que mueve a las espigas

y  al polvo levantado por los pies pequeños

nublando los ojos y los vientos.

 

 

DESDE EL  RIO

 

En la sombra  que habita entre tus ojos

ya no brilla lo que amabas.

Desde el río se oyó el adiós definitivo.

Su cuerpo frunció la montaña con enfado.

Ella  sabe cuánto la amó nuestra mirada

de encantos compartidos.

Esa noche  quedó  inmovilizada

ante el fragor de mi lamento.

Más espesa desciende la neblina.

Más helada.

Hacia extrañas latitudes

llevaron las aves su aleteo

y las caricias de su canto.

En silencio atroz mi corazón

y los  riscos escarpados.

¿No podías quedarte?

No podías.

Ya en tus horas

comenzaba a descender la tarde.

Ibas camino de la sombra.

La que siempre te aguarda,

fatal, definitiva.

¿En qué lugar reposará mi alma

que no esté el vacío de tu presencia amada?

Las aguas todas  mis besos llevaban a tu mar.

Ahora duerme en mi garganta un pozo turbio.

Yo, domicilio de todo lo perdido,

me planto ante el dolor

que habrá de aniquilarme.

(Mérida, 1991).

 

 

HACIA LA NADA

 

¿De dónde llegas volando,

mi amor, llegas de dónde?

¿De lo  azul,

de donde el sol se esconde?

¿De la madrugada,

del río,

de la cañada?

¿Palpitando, mi amor,

vienes llegando?

¿Palpitando, mi amor,

hacia la nada?

 

 

TU SILENCIO OYENDO

 

Alma mía,

alma de mi alma,

pedacito de aroma de capullo,

déjame soñar hasta la muerte

pero siempre siempre entre el silencio tuyo.

 

Alma mía,

alma de mi alma,

manojito de luz  con que me enciendo,

deja que me  apague hasta la muerte

pero siempre siempre tu silencio oyendo.

 

Agua clara

que rueda  entre mis manos

transparente y alada como  pájaros  temblando,

déjame morir mi larga la muerte

pero siempre siempre tu presencia amando.

 

 

LEO

 

La luna te va soñando

con sus granitos de arena,

con sus ojitos llorosos,

llorosos de pura pena.

 

Al río se fue a bañar,

se fue a bañar Leonardo,

en sus manitas morenas

dormían bromelias y nardos.

 

Traías la risa del río,

traías aromas del viento,

y en tu corazón traías

ramitas de pensamientos.

 

Vienes volando a caballo

con un lucero en la frente,

ojitos de flor de mayo,

aromas de cal y fuentes.

 

Sentado estás en la plaza.

Ya fuiste a jugar al río…

¿Por qué tus ojitos llorosos,

llorosos como los míos?

(Mérida, 1986)

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TRANSGRESIÓN

 

Es ahora el ave de vuelo más alto y más hondo canto.

Descosida a pulso de ásperos barrancos,

frotando piel y huesos entre espinas,

ha enterrado en ellas humores viejos

y plumas laceradas

para el lance transgresor hacia lo alto.

 

A este otro plumaje  ya no lo chamusca ningún fuego,

ni el triunfo sobre el dolor,

aunque siempre lo padezca,

habrá de envanecer  su canto.

 

Nunca de los astros vio tanto brillo

ni tanto fulgor de los volcanes hirvientes.

Nada se le escapa de las grietas ocultas por la hiedra,

ni de las calles donde millones de párpados

trémulos por justicia claman,

ni del palacio donde el autor de la desdicha baila.

Tropel de rabias de jauría,

quien hoy danza sobre la hierba pisoteada

no habrá de escapar de entre sus llamas.

 

Perpetua e implacable en su vigilia cuida el canto sereno,

que nadie lo emponzoñe ni haga turbio

el resplandor de su cristal inagotable.

A las fauces de la hosca realidad las desafía,

se para enfrente blandiendo el verbo que taladra:

que caiga y ruede lejos el autor de la desdicha,

porque no hay tronera más oscura que su espejo

ni sombra más inmóvil

que la desprendida de su tiniebla descarnada.

Que no nos atrape su demencia

y descuartice los sándalos del aire.

Que no se nos pierda la memoria:

nos sorprendió en la noche con su lengua larga

y su ojo de reptil soliviantado.

 

Pero nosotros, como feroces combatientes,

recogemos  los caídos en plazas y calzadas,

y vamos encendiendo una lámpara que vigile la ternura,

y otra vigilante del hálito divino

que se amaña únicamente

en donde sólo de amor los corazones saltan.

 

Y podremos mirar las mansas aguas

traspasando  los umbrales de la Tierra,

y podremos celebrar a la paloma

que llega volando al campanario

a dibujar el arco iris de esta alianza.

 

Saldrán entonces los pequeños ruiseñores

a cantar un nuevo día

y los colibríes a trenzar  sus nidos

con otros musgos y nuevos algodones

en la misma araucaria

donde se alzan las bromelias ondulantes.

Mérida-2017

 

 

 

 

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EL ENCUENTRO

La  funeraria  repleta de flores en ramilletes y coronas no parece un día de duelo. De  altos cirios brota cera encrespada pendiente abajo y sus llamas enhiestas parecieran homenajear la partida  de Livio  Cordel, cuyo cuerpo yace en la urna elegantemente vestido pero con su rostro en lotes cárdenos a consecuencia del infarto que lo mandara al otro mundo sin previo aviso porque siempre había gozado de estupenda salud. Es ya  el tercer día de velorio esperando la llegada de su hija Perlita quien venía en un vuelo desde París. Pero informó a su madre, vía telefónica, que llevaba dieciséis horas atrapada en el Aeropuerto de Maiquetía a causa del retraso de los aviones; que ya va a llegar el avión, le decían, y en ese teje y maneje iban pasando las horas, que de haber anunciado a tiempo el problemón con los aviones habría tomado un autobús aunque hubiese tenido que viajar muerta de miedo toda la noche por la carretera corriendo el riesgo de  los asaltos y atracos que se han convertido en el pan de cada día, y nada más el día anterior  un  autobús, según reporte del periódico que tenía en sus manos, había sido atacado por bandidos y despojados de sus pertenencias y violados todos sus pasajeros, sin distinción. Eso, naturalmente, le daba mucho miedo.

Ya en la tarde entra Perlita a la funeraria tambaleándose en brazos de familiares y amigos de sus padres. Su madre corre y la ampara en su regazo, retira la hermosa cabellera que le cubre la cara y limpia con sus manos el raudal de lágrimas que escurren por el desencajado rostro de su hija. Se sientan ambas en un mueble contiguo a la urna, fundidas en un abrazo de temblores y gemidos que partía el corazón de los que allí estuviesen mirando. Los hombres daban la vuelta y se marchaban al pasillo exterior; las mujeres, unas a otras se miraban con los ojos anegados.

Ven, vamos a mirar a tu padre, ruega la madre intentando quebrantar la resistencia de Perlita que sólo deseaba conservar en el recuerdo la viva imagen de su padre, elegante, amoroso y comprensivo. La madre consigue convencerla de que ella no recuerda al suyo descuartizado por los guerrilleros de las farc y lanzado a un pozo después de recibir varios millones por el rescate; no, ella lo recuerda hermosísimo, valiente y generoso como había sido hasta el último día en que lo vio partir de su casa con los brazos en alto entre los largos fusiles y rostros endemoniados de sus secuestradores; no, ella en su alma no lo recordaba así.

Vencida la resistencia, cada cierto tiempo Perlita  se para frente a la urna a mirarlo, se desgarra a llorar y vuelve al sillón donde continúa su llanto convulsivo, con la cabeza doblada entre las piernas sin prestar atención a pésames ni conversaciones. Viéndola llorar piensa su madre  en los remordimientos que tendría la pobre niña por vivir tan desarraigada de la familia y no estar presente ni siquiera cuando su padre descendió del avión en un ataúd, quién iba a imaginarlo, pues cuando el dueño del hotel le comunicó  la fatídica noticia ella pasó el día tratando de ubicarla por  teléfono sin resultado alguno, y ya muy entrada la noche, cuando logró que le respondiera un correo electrónico, Perlita se quejó de estar muy enferma, con vómito, fiebre, escalofríos y  con más de una semana de estar varada en París en vez de estar en Bruselas resolviendo un asunto importante de la trasnacional en la que trabajaba. Toma un avión y te vienes como un relámpago porque tu padre acaba de morir, le dijo la madre de manera directa y sin matices.  Fue a Caracas a renovar la visa en la embajada y murió solito en la habitación del hotel. Ahí sí se le quebró la voz a la madre de Perlita y omitió decirle por teléfono los pormenores de cómo lo habían hallado tirado en el piso de la habitación, con piernas y brazos extendidos y cara de espanto, y en cuántas se vieron los maquilladores funerarios para cerrar sus ojos desorbitados, sin poder restituirle ese talante apacible que todos le conocieran en vida. Algo terrible debió de  haber visto en su último momento para que su rostro acusara tan pavorosa compostura, y cómo saberlo si estaba íngrimo en la habitación del hotel. Pero de que su alma iba camino al cielo  no tenía la menor duda la madre de Perlita, puesto que su vida había sido, no de vez en cuando sino siempre, un modelo de bondad y rectitud. Bastaba recordar las infaltables contribuciones que, sin ningún alarde, aportaba a los hogares de ancianos, de niños abandonados, o de toda buena causa que precisara de una mano amiga. Bastaba recordar su actitud de sosiego y cordura frente a las adversidades, su palabra sabia y firme que inducía a la calma a sus desesperados pacientes que en los últimos tiempos aumentaban en número y en desespero, sus diagnósticos clínicos y tratamientos certeros, su claridad en la amistad y su lealtad en el amor, a toda prueba, pues ella jamás tuvo que quejarse de lo que a menudo solía escuchar a sus amigas, que si mi marido no llegó anoche a dormir, que qué desgracia; que si anda con la mujer de fulano, que si llegó con el cuello de la camisa manchado de carmín y oliendo a bicha, que si le montó un apartamento a todo trapo a la barragana y sólo llega de madrugada a dormir para que los niños no hagan preguntas. No, ella jamás sufrió de esas tremendas amarguras. Era una mujer amada, y hubiese sumado más dicha a su vida  de no haber sido por el espíritu inflexible de Perlita, que de niña  cariñosa y dócil se iba tornando al crecer en una joven de carácter enigmático, sombrío e impenetrable. Al cumplir la mayoría de edad sorprendió a sus padres con lo que a ellos les pareció la más loca y absurda decisión: quiero vivir sola en un apartamento, les dijo.  No sin  incontables ruegos a lo largo de dos meses conquistó lo ansiado y fue sólo en ese instante que se le vio cara de desconsuelo a Livio Cordel.

Compró entonces el apartamento para su hija, de lujoso amueblado, y pagaba todas sus cuentas en las que habitualmente ella se excedía. Que primero le faltase el aire a él antes de que algo le fuese a faltar a la niña de sus ojos, que nada fuese a perturbar sus estudios, que nada echara al garete las regias empresas para las que la sabía destinada. Habría dado hasta la vida si hubiese sido preciso por verla contenta en todo momento y no con esa actitud distante y su mirada desaparecida en no se sabe qué pensamientos, que él no quiso indagar para no asediar su intimidad. Ya una vez la madre había hecho el intento y tropezó con una muralla de hielo: prefiero que no interfieras en mi vida privada, mamá.

Concluidos sus estudios, el mismo día del acto académico les comunicó a sus padres otra loca y absurda decisión: me voy a vivir a Caracas. Sí, trabajaría en una empresa trasnacional y en consecuencia tendría que andar viajando por el mundo, todo el tiempo. Desde su partida sólo habían mantenido comunicación por teléfono. Su madre había tratado de indagar más sobre la vida de su hija, su trabajo, sus diversiones, sus amigas, novio. Solo en una ocasión les mandó una foto en la que aparecía en un velero que surcaba el  Mediterráneo acompañada de un  hombre maduro y de aspecto distinguido del cual indicó que era su jefe. La madre continuaba pensando en la vida de su hija como un completo misterio. Comenzó a buscarla en internet. Solo encontró la reseña de su tesis de grado en  lenguas modernas y su mención honorífica en lengua inglesa. Al parecer su trabajo era sumamente absorbente, viajando con personajes importantes como traductora.

Cuando Livio Cordel llegó a la capital en este último viaje que lo llevaría a la tumba, desde el mismo aeropuerto llamó por teléfono a su hija con la esperanza de que esta vez estuviese en la ciudad para invitarla a cenar y charlar aunque fuese un poco después de casi tres años de ausencia, pero su niña le respondió que se hallaba en Paris. Se alojó Livio Cordel en el mismo hotel donde habitualmente se hospedaba y, al registrarse, recordó a su viejo amigo el gerente, como de costumbre, la clave de su solicitud: «y un dulce de frambuesa a la habitación». Sube a la alcoba  y como parte del ritual acostumbrado deja la puerta sin llave mientras se da una ducha energizante. Al salir del  baño, fresco y perfumado,  ve a su dulce de frambuesa que está de espaldas apoyada en la ventana mirando hacia el parque, esbelta y bien a su gusto, en diminutas prendas negras que resaltaban el nácar bronceado de su piel. Se aproximó en silencio y le acarició la espalda, desabrochó el sostén y lo tiró sobre el mueble, y al darle la vuelta para extasiar sus ojos con lo que estaba acariciando, dos enormes alaridos sacudieron la habitación. ¡Papá! ¡Perlita, Dios mío, mi niña! Y fue entonces cuando el hombre se desplomó al piso llevándose ambas manos al corazón con los ojos desorbitados llenos de espanto y que los expertos maquilladores funerarios a duras penas consiguieron entrecerrar con un pegamento trasparente.

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EN TOTUMOS

Cuando su cabeza rodó por el suelo moviendo los ojos hacia arriba y hacia abajo para cerrarse pensativos ya no fue posible percibir que la amenaza del amo y señor de los ejércitos no había sido apenas una metáfora como nos dijo que era a los sufridos habitantes del pueblo de Totumos que asentíamos con la cabeza taciturna escuchando las exégesis de los vocablos proferidos por el amo, el redentor sacrificado, enviado por la divina providencia para salvarnos de las garras imperiales del vecino norteño de Caretas  que robaba con voracidad nunca antes suscitada hasta las aguas subterráneas y todo cuanto se producía, empezando por los huevos, y todo lo que crecía y se movía en el territorio  sufrido de Totumos.  Qué va, el amo era un elegido y como el divino Jesús se sacrificaba para salvarnos  expresándose en pura alegoría  cuyos secretos designios sólo él como intermediario podía explicar a aquellas mentes mentecatas que habían perdido la esperanza y la memoria desde la horrible peste que durante cuarenta años arrasó a sus habitantes con vómitos de sangre y calenturas que  achicharraban la mano a los curanderos isleños cuando la colocaban en la nuca de los enfermos para saber de qué mal se estaban muriendo.  Qué va, hacer una fritanga de cabezas como dijera el redentor sacrificado no quería decir eso sino todo lo contrario y en el más peor de los casos era apenas mandar al cipote a los culpables de tantos desafueros que habían construido puentes y carreteras para que se cayeran no antes ni después sino justo en el momento en que el amo estaba en su gobierno y habían cuidado con esmero el cerro más alto del pueblo para que se desmoronara como un aluvión endemoniado no antes ni después sino justo cuando el amo estaba en su gobierno y habían criado vacas para que se volvieran machorras y en el puro hueso no antes ni después sino  justo cuando el amo estaba en su gobierno y qué otra vaina se podía hacer con esas pérfidas cabezas, marrulleras, que desde antes de  nacer el redentor ya lo andaban persiguiendo y desde antes de  nacer ya estaban conspirando para derrocarle su gobierno, pero una fritanga de cabezas, qué va, eso no quería decir eso. Después rodaron  por montones pero ya más nadie supo que la suya había de ser la  cabeza venidera porque en ese pueblo sufrido de Totumos nadie sabía nada de nada y para que supieran algo de algo  el redentor sacrificado hubo de pedir ayuda a una isla cercana donde la sabia conducción de su patriarca había forjado la más avanzada civilización que se hubiese conocido sobre la faz de la Tierra,  y de allá iban llegando por tandas bandadas de curanderos que curaban todos los males incurables y maestros que sabían   enseñar  la historia como era y  enseñaban a leer hasta a los burros que era lo que más abundaba en aquella desolada podredumbre que era el pobre y sufrido pueblo de Totumos, y enseñaban a meterle el dedo en el culo a las gallinas para saber si tenían huevo pa hoy o pa mañana y cómo rendir la renta carbonera del pueblo de Totumos que tenía minas de carbón suficientes para calentar a todos los emparamados del planeta.  Iban llegando por tandas curanderos prodigiosos que con una sola píldora curaban todos los males y nunca el pueblo fue más saludable y la gente nunca más sufrió de infartos ni de esas tremendas arrecheras porque hasta entonces las rastras de maldades venían empaquetadas con precintos del vecino macabro  de Caretas. Iban llegando por tandas ingenieros que en una sola espabilada levantaban puentes descomunales y autopistas gigantescas que nunca más se fueron contra el suelo, y para completar la hartura de la dicha y  nada más faltase vinieron las putas más sabias de todas la putas de la Tierra que sabían todo lo que había por saber y hacían en la cama o el baño o donde fuera los números nunca jamás por nadie imaginados, qué bendición, y entonces por fin el pobre y sufrido pueblo de Totumos vio a la felicidad en plenitud erguida y solemne como el resplandor de una espada que no sólo la podían lamber y manosear con todos los dedos de la mano y enrollarla y metérsela en el bolsillo o donde fuera sino hacer regueros de ella hasta en los más recónditos extremos  de todos los dominios territoriales donde quedaron abolidos para siempre todos los dolores y hasta la mierda dejó de oler a mierda y ser lo que era para trocarse en terroncitos de oro que se precipitaban como ventarrones sobre los techos de las casas que antes fueran de cartón y barro. No habiendo  más nada por hacer  porque ni una pajita más de felicidad cabía por las rendijas de ninguna parte, se hacían concentraciones en la plaza  donde las muchedumbres fervorosas  aclamábamos al amo y señor de los ejércitos a quien hubo que coserle de emergencia unos gruesos calzoncillos impermeables para sujetar los enormes chorros empinados que  ensopaban sus calzones con cada tanda de aplausos y aullidos de gozo enfebrecido cuyo estruendo hacía volar a las palomas espantadas. Y como único medio de atajar las fuerzas malignas alborotadas a mansalva por el vecino norteño de Caretas y no ver a la felicidad en plenitud descuartizada, ofrendábamos  en altares a los más tiernos inocentes cuya sangre  derramaban piaches y babalaos  sobre el inmenso cuerpo sediento del redentor sacrificado.

 

En Totumos fue publicado en la III Antología de Narrativa. AEM. Mérida-Venezuela, 2006. Y en la Antología de narrativa “Monte y Culebra” editada por la Dirección de Cultura de la ULA. 2009.

Publicada en

EL LENGUAJE Y EL VERBO HABER

La lengua —o idioma— es el medio más apropiado del que disponemos para adquirir y comunicar adecuadamente nuestros conocimientos. Del uso correcto de éste depende la cabal inteligencia de las ideas que queremos aprehender o transmitir.

La lengua en su estado natural es extremadamente variable y propensa a constantes mutaciones. Lo único que es invariable es la necesidad de comunicación de los humanos, y la necesidad de asegurar el conocimiento. Con este último propósito es que se han ideado métodos y reglas que permiten uniformar, delimitar y conservar una determinada lengua. Esa lengua así uniforme y delimitada se convierte en lenguaje culto, y es el que forzosamente ha de utilizar todo aquel que pretenda poseer o transmitir conocimientos científicos, técnicos, literarios, etc. La razón es muy sencilla: en el lenguaje corriente los nombres de las cosas son temporal y espacialmente diversos. Lo que aquí significa una cosa, allá significa otra, y más allá otra. Tómese por ejemplo las diversas maneras que hay en las distintas regiones de denominar las plantas o los órganos sexuales. Sería imposible establecer un sistema de conocimientos teórico-prácticos de la botánica o de la anatomía si no se empezara por fijar los conceptos del objeto a tratar. Sin el lenguaje culto (académico) no habría ni ciencia ni gente educada.

La lengua culta es un lenguaje universal en el sentido de que es común a un universo de personas: las que han recibido el respectivo entrenamiento, es decir educación. El estudio de la gramática —sin pretender otorgar a ésta una exactitud matemática— y del lenguaje en general, es necesario para quien pretenda tener solidez en sus conocimientos, muy especialmente para el conocimiento jurídico, de cuya rectitud depende en gran parte la justicia. Y si bien es cierto que la lectura de buenos autores afina el entendimiento y dispensa del estudio de las reglas gramaticales a algunos privilegiados, también es cierto que éstos sabrán expresarse armoniosa y correctamente pero no sabrán el porqué.

Entre los múltiples “dislates” que se cometen contra la lengua castellana es destacable el uso incorrecto del “verbo haber”. «…el habían y el habemos son naturales y corren a los labios como la interjección al dolor» —dice un ingenioso escritor colombiano, tratando de justificar tales yerros—. A pesar del esfuerzo de destacados autores como Alexis Márquez Rodríguez, Ángel Rosenblat y otros, en torno a este asunto, seguimos escuchando en el habla de estudiantes, profesores, políticos, funcionarios públicos (y otros profesionales) las susodichas y desatinadas expresiones.

Conocer el uso correcto del verbo haber no es tarea que se pueda emprender casuísticamente. Ninguna disciplina se puede aprender así. Toda ciencia tiene unos principios generales y fundamentales que orientan y posibilitan la explicación de lo particular. Quien esté en posesión del porqué de algo, estará en capacidad de discernir el cómo, el cuándo y el dónde.

En realidad, las dificultades que suelen presentarse con el uso del verbo haber provienen del desconocimiento de que el término o vocablo haber no es un término unívoco. Este verbo se usa con tres significados distintos, a saber:

1)“Haber” como verbo activo y transitivo, cuya significación es la de “tener” o “poseer”.

2) “Haber” como un verbo impersonal.

3) “Haber” como verbo auxiliar.

Veamos a continuación la explicación de cada uno de los tres casos señalados.

1) “Haber” como verbo activo y transitivo, cuya significación es la de “tener” o “poseer”

Con este sentido de “tener” el verbo fue profusamente usado —con todos sus accidentes— a través de toda la historia del habla castellana, luego fue decayendo al extremo de que en la actualidad sólo se usan algunas de sus formas, especialmente en materia jurídica. El infinitivo haber casi sólo se usa en los libros de cuentas de los comerciantes: EL DEBE (lo que se adeuda) y EL HABER (lo que se tiene, lo que se posee). También el infinitivo haber se usa en expresiones tales como «el haber intelectual», «el haber espiritual», «el haber cultural», es decir, el acervo de bienes o cosas que se tienen en el intelecto, en el espíritu; esto es, el conjunto de valores, conocimientos, etc., de una persona o de un pueblo. El participio activo habiente, generalmente se usa en lenguaje jurídico para la formación de términos como causahabiente, derechohabiente que son dos manera de designar a la persona que tiene derecho a adquirir de otra (llamada causante) un derecho o una obligación. Asimismo, en materia bancaria se denomina tarjetahabiente al titular de una tarjeta de crédito o cualquier otro instrumento similar a los que sirven para uno endeudarse. El participio pasivo “habido” se usa, también en lenguaje jurídico, en expresiones como «los hijos habidos en el matrimonio», «los bienes habidos en la sociedad conyugal», etc. Con el mismo sentido reza el adagio popular: «Lo mal habido se lo lleva el diablo». El pretérito indefinido se usa casi siempre en instrumentos jurídicos, por ejemplo «ellos hubieron la propiedad del inmueble por compra que hicieron según documento tal…»

En este caso el verbo haber se usa en todos los números y personas (hube – hubimos; hubiste –hubisteis; hubo –hubieron). Fuera de las formas señaladas, el verbo haber como verbo transitivo ha caído en desuso en nuestro idioma.

2) “Haber” como un verbo impersonal

«¡Hay amores que matan!». Es un verbo de estado. Tiene una leve denotación de presencia, existencia, situación o acaecimiento, análoga a la que corresponde a los verbos “ser” y “estar”. Al igual que todo verbo impersonal —llover, tronar, amanecer, etc.— en uso estrictamente gramatical, es intransitivo y defectivo (Esbozo p.292). Intransitivo porque no siendo un verbo activo su acción no recae sobre nada y por consiguiente carece de complemento directo, pues las oraciones que lo contienen son oraciones de predicado nominal (ibídem, p.291). Defectivo porque carece de todos sus accidentes. Claro está que, metafóricamente, estos verbos pueden ser conjugados: «amanecí de bala», «las bayonetas tronaron en el palacio de gobierno», «llovieron mentadas por todas partes», etc. Pues los verbos impersonales cuando se usan en sentido figurado pierden el carácter de impersonal. Sabemos además que la lengua literaria es, por naturaleza, licenciosa.

El verbo haber como impersonal no se usa en plural; sólo se conjuga en tercera persona del singular de todos los modos y tiempos. Por eso son incorrectas en la lengua culta (oral o escrita) —que ha de ser la de los académicos y la de los medios de comunicación— las siguientes expresiones: «habemos muchos en este lugar», «habían muchos alumnos en el aula», «hubieron fiestas en el pueblo», «habrán sanciones para los que incurrieron en fraudes», «para que no hayan problemas…», «para que no hubieran reclamos les dio a todos inmerecidas calificaciones». Estas frases se resuelven correctamente en singular de la siguiente manera: «somos muchos los que no creemos en…» o «muchos no creemos en…», «había muchos alumnos…», «hubo fiestas en…», «habrá sanciones para los que….», «para que no haya problemas», «para que no hubiera reclamos…».

Muchas personas se cuidan de usar las formas incorrectas: “hubieron”, “habían”, “habemos”, “haigan”, “hain”, pero, en cambio, no se cuidan de decir, por ejemplo, «habíamos (o habríamos) allí unas doscientas personas», «si el gobierno cumpliera no habrían tantas huelgas», «para que no hayan problemas», «dentro de 25 años habremos tantas personas que la vida en el planeta se tornará imposible», «si haces lo que te digo no habrán inconvenientes», «¿habrán clases mañana?», «si hubiesen dificultades, avísame», «traiga todas las flores que hayan», formas estas igualmente incorrectas por la misma razón ya explicada. Consecuentes con la regla se debe decir: «estaríamos allí unas doscientas personas», «si el gobierno cumpliera no habría tantas huelgas», «para que no haya problemas», «dentro de 25 años seremos tantos que…», «si haces lo que te digo no habrá inconvenientes», «si hubiese dificultades, avísame», «¿habrá clases mañana?», «traiga todas las flores que haya».

3) “Haber” como verbo auxiliar

Este verbo entra en la formación de los tiempos compuestos. Como auxiliar, el verbo haber se usa en todos los tiempos y personas. Pero sólo se usa en plural cuando es auxiliar de otro verbo conjugado que no sea el mismo haber.

Ejemplos correctos: «Una vez que hubieron dormido, emprendieron el largo viaje». «Cuando el médico llegue ya se habrán muerto los enfermos». «Les dio dolor de barriga porque habían comido en exceso». «Habrían aprobado el curso si hubieran estudiado». «Últimamente ha habido muchos problemas con el gobierno». «Habrá habido muchos heridos en el combate». En estos casos los verbos que se están conjugando son los auxiliados: dormir, morir, comer, aprobar, haber, estudiar, etc.

Ejemplos incorrectos: «Políticos han habido y habrán de toda calaña», «en esos días habían habido muchas manifestaciones contra el gobierno», «han habido muchos conflictos entre el gobierno y los trabajadores». Lo correcto es decir: «políticos ha habido y habrá de…», «en esos días había habido muchas…», «ha habido muchas manifestaciones…».

Cuando se usa el infinitivo haber en los tiempos compuestos, por la razón ya explicada, el verbo auxiliado se conjuga en singular: Ejemplos correctos: «Si ha de haber inconvenientes, mejor no vayas». «Debe de haber muchas penurias en el país puesto que ha bajado el consumo de alimentos básicos». «Puede haber graves problemas si él insiste en sus necedades». Por consiguiente, es incorrecto decir: «Si han de haber inconvenientes…», «deben de haber muchas penurias…», «pueden haber graves problemas…».

Para concluir, es recomendable tener presente la siguiente regla: «el verbo haber se usa en plural únicamente cuando es auxiliar de cualquier otro verbo que no sea el mismo verbo haber».

BIBLIOGRAFÍA
Ángel Rosenblat. Buenas y malas palabras. Monte Ávila Editores. Caracas, 1987.
Ángel Rosenblat. La educación en Venezuela. Monte Ávila Editores. Caracas, 1981.
Alexis Márquez Rodríguez. Con la lengua. El Nacional, 30-03-86 y 13-04-86.
Andrés Bello. Gramática de la lengua castellana. Ed. Cultura venezolana, S. A. Caracas, 1985.
Emilio Alarcos Llorach. Gramática de la Lengua Española. Espasa-Calpe. Madrid, 1995.
Joaquín Añorga. Composición. Ed. La Escuela Nueva. Madrid, 1972.
Manuel Seco. Gramática esencial del Español. Espasa-Calpe. Madrid, 1995.
Rafael Cadenas. En torno al lenguaje. Universidad Central de Venezuela. Caracas, 1994.
Real Academia. Esbozo de una nueva gramática de la lengua española. Espasa-Calpe, Madrid, 1985.

(Publicado en el diario Frontera, Mérida, 6 de abril de 2001).

Publicada en

EN EL BAILE

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EN EL BAILE
Margarita Belandria
Publicado en Revista País de Papel. Nº 3. Mérida-Venezuela, 2014.

Al día siguiente cuando Mari-Concha vio al hijo que dio a luz entre tinieblas, porque en su choza de cañabrava ni un cabo de vela encontramos para alumbrar el alumbramiento, le fue imposible suprimir el grito de pavor que durante nueve meses y a la macha había venido reprimiendo. Con la luz del sol se convenció de no haber parido una criatura como para amamantar y besar. Mamaba como un becerro dándole topetones que desgarraban sus pezones y los dejaban sangrantes. Ni qué ver con sus dos pequeños hermanos que habían nacido bonitos y con gestación tan apacible que daba hasta lástima parirlos.
Era el único que no era de su marido que tampoco ya era suyo. Lo concibió en una noche de parranda, de joropos, contrapunteos y galerones, cuando el sol agonizante se despedía entre la polvareda sacudida por las alpargatas de los lugareños que bailaban impetuosos la celebración de un casorio.
El mozo que insistente la miraba con cara de desamparo era un forastero nunca visto en aquellos descampados. Recostado a un horcón todos parecían ignorarlo. No vimos que nadie le conversara y tampoco él se interesaba en conversar con nadie. Mari-Concha se restregó los ojos para aclarar su visión y cerciorarse de no estar soñando. Forzándose a mirar hacia otros parajes intentaba evadir el encuentro de sus ojos con los que tan fijo la miraban, pero tropezaban indeclinablemente.
Desde el instante de su llegada olfateó un aroma fascinante que sin duda provenía de aquel fuereño llegado sabe Dios de dónde, porque su pinta y modales no cuadraban con la usanza de aquellos predios. Irradiaba el forastero un halo perturbador. Sintió entonces Mari-Concha como si el hombre la jalara con amarras invisibles de las que no se podía desatar, y arrebatada de turbación se le acerca embobada sin dejar de mirarlo. Él la prensó entre sus brazos y se dispusieron al baile.
Engarzada por la cintura iniciaron una danza majestuosa y por vez primera se sintió la mujer más guapa y feliz, no la deslucida abandonada del arriero que se fue con otra más joven para que las demás se rieran de ella, malnacidas, ni la que se partía el lomo en el río lavando canastadas de ropa ajena con las manos desolladas a punta de blanquear manteles con lejía. Entre los brazos de ese hombre fue la soberana de un cuento lejano que oímos leer a otra niña mientras su madre limpiaba las caballerizas en una casa del pueblo.
Bailando en cabriolas con su camisón esponjado la va sacando del caney hasta dejar atrás el rebulicio que alpargateaba al compás enloquecido de las maracas y el arpa. Joropeando sin tregua la fue llevando en retroceso hacia el establo, encajándola de bruces entre la canoa de comer las vacas. El ronco mugido de los animales retirándose en estampida no fue escuchado por nadie. En la oscuridad no le fue posible ver lo que sentía. Habiéndole parecido el bailarín más bien de aspecto delicado, ahora se transfiguraba en descomunal musculatura que volcado en potencia feroz desgarraba sus entrañas con terribles embestidas. Bajo el peso bestial corrió como una ola gloriosa por los aires para finalmente arrojarse en el légamo de un placer doloroso que le arrancó un enorme alarido, y se tornó fétida la fragancia que la trastornó en el baile.
Desde esa noche Mari-Concha sintió como un corazón de res palpitándole en el vientre. Ebria de repugnancia y pavor acude a una comadrona con la esperanza de que alguna pócima la salvara de lo que ya era un nido de ratones royéndola sin clemencia. Pero no sólo no le creyó el cuento la comadrona sino que le espetó su reprimenda: desde que te conozco, Mari-Concha, solo sabes decir embustes. Siempre andas con algún invento raro y viendo espantos en cualquier sombra del camino. Qué baile, chica, qué casorio, qué forastero ni qué ocho cuartos. Hace añales que por estos montes no hay ni siquiera un remedio. Ah mujer pa disparatera.
Con la luz del sol examinó con más detalle Mari-Concha a la criatura que dio a luz entre tinieblas. Los ojos de murciélago, muy abiertos, la miraban penetrantes cuando pensaba en algo para desaparecerlo, y la boca demasiado gruesa ya acusaba el gesto de burla que había de tener para siempre. Su desconcierto mayor fue constatar que, pese a los baños diarios con jabón de olor y agua de romero, en el recién nacido persistía un fuerte olor a orines de rata. Todos los niños tienen su olor, nos decía y nos repetía, jieden un poquito a algo, como a pollito o a gatico remojado… ¿pero a orines de rata?, ¡zape! Entonces esta vez acude a otra experta. Tonta yo, nos decía, cómo no se me ocurrió ir con ella desde el primer momento en vez de ir a suplicarle a esa otra torpe rezongona.
Cuando la mujer toma al chiquillo en sus brazos vimos que casi lo suelta al suelo por el latigazo que, dijo, sintió en la espina dorsal. Pero ella era una veterana en eso de vencer fuerzas oscuras y romper sortilegios. Preparó entonces una cocción con varios aditamentos para bañarlo, agua recogida del cruce de dos ríos, una cruz de ramo bendito, hojas de mastranto, clavelito sabanero, tres granos de sal, una pizca de mierdita de gato y otra más grandecita de zamuro rey. Tres días hirvió a fuego lento el cocimiento en una paila hasta quedar reducido a un medio litro de menjurje espeso y negruzco que había de ser repartido en tres baños sucesivos, durante los cuales daba el chiquillo espantosos berridos que nos hacía parar los pelos de punta. Después del tercer baño a la hechicera le pareció que el pequeño demontre comenzaba a tener un poquito de olor a gente, pero a los demás no nos pareció lo mismo.
Al mes de nacida la funesta criatura murieron los otros dos niños súbitamente. Se le clavó entonces a Mari-Concha la fuerte corazonada de que ella sería la próxima. Miró al fondo de sus ojos, pese a todo, en pos de al menos un hilito de ternura, ansiosa de una emoción maternal, y la estremeció lo que vio; vio el espantoso corazón del crimen y palpitantes las vísceras del mal, muchedumbres ensangrentadas, ríos de sanguaza y desesperanza. Mi Dios. Se aprestó de inmediato a sofocarlo con la cobija. No quiero que nadie me culpe de nada, gritaba estrujándose los cabellos, que mis ojos no vean los enjambres de ofendidos buscándolo hasta debajo de las piedras para con sus guadañas filudas degollarlo y mis oídos no oigan los escarnios cuando le griten maldito malnacido, sabandija ponzoñosa, hijo de siete leches, porque eso será lo menos que le dirán. Pero su corazón de madre la exhortó a desistir del intento, y las manos temblorosas soltaron la cobija al suelo.
Antes del amanecer lo dejó durmiendo en el chinchorro con la puerta del rancho abierta y huyó lejos con el primer canoero que pasó por el Caipe. Nadie más subió a la barca durante el largo trayecto. Callada y sin pensamientos Mari-Concha reparte su mirada entre las aguas, la vegetación tupida de las riberas y la espalda sudorosa del barquero, que remaba también en silencio. Al final de una larga travesía sobre selváticos ríos de honduras formidables, en un delta desolado bajó de la barca al anochecer para dirigirse a casa de un pariente en un fundo cercano. Descendió con dificultad, desfallecida de hambre y ardiendo de fiebre. Al pagarle el viaje al barquero le miró el rostro y se le frenó el corazón; vio que le sonreía triunfante el mismo forastero del baile.
Al día siguiente, cuando la encontramos agonizante entre los troncos podridos de un recodo del río, apenas le alcanzó el aliento para contarnos el suceso hasta el momento en que se le frenó el corazón por el forastero del baile. Corrimos luego hacia el rancho con la firme disposición de que a nosotros no nos temblarían las manos como a ella, ni se nos caería la cobija al suelo como a ella, pero ya no había nadie en el rancho.

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