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EL ENCUENTRO

La  funeraria  repleta de flores en ramilletes y coronas no parece un día de duelo. De  altos cirios brota cera encrespada pendiente abajo y sus llamas enhiestas parecieran homenajear la partida  de Livio  Cordel, cuyo cuerpo yace en la urna elegantemente vestido pero con su rostro en lotes cárdenos a consecuencia del infarto que lo mandara al otro mundo sin previo aviso porque siempre había gozado de estupenda salud. Es ya  el tercer día de velorio esperando la llegada de su hija Perlita quien venía en un vuelo desde París. Pero informó a su madre, vía telefónica, que llevaba dieciséis horas atrapada en el Aeropuerto de Maiquetía a causa del retraso de los aviones; que ya va a llegar el avión, le decían, y en ese teje y maneje iban pasando las horas, que de haber anunciado a tiempo el problemón con los aviones habría tomado un autobús aunque hubiese tenido que viajar muerta de miedo toda la noche por la carretera corriendo el riesgo de  los asaltos y atracos que se han convertido en el pan de cada día, y nada más el día anterior  un  autobús, según reporte del periódico que tenía en sus manos, había sido atacado por bandidos y despojados de sus pertenencias y violados todos sus pasajeros, sin distinción. Eso, naturalmente, le daba mucho miedo.

Ya en la tarde entra Perlita a la funeraria tambaleándose en brazos de familiares y amigos de sus padres. Su madre corre y la ampara en su regazo, retira la hermosa cabellera que le cubre la cara y limpia con sus manos el raudal de lágrimas que escurren por el desencajado rostro de su hija. Se sientan ambas en un mueble contiguo a la urna, fundidas en un abrazo de temblores y gemidos que partía el corazón de los que allí estuviesen mirando. Los hombres daban la vuelta y se marchaban al pasillo exterior; las mujeres, unas a otras se miraban con los ojos anegados.

Ven, vamos a mirar a tu padre, ruega la madre intentando quebrantar la resistencia de Perlita que sólo deseaba conservar en el recuerdo la viva imagen de su padre, elegante, amoroso y comprensivo. La madre consigue convencerla de que ella no recuerda al suyo descuartizado por los guerrilleros de las farc y lanzado a un pozo después de recibir varios millones por el rescate; no, ella lo recuerda hermosísimo, valiente y generoso como había sido hasta el último día en que lo vio partir de su casa con los brazos en alto entre los largos fusiles y rostros endemoniados de sus secuestradores; no, ella en su alma no lo recordaba así.

Vencida la resistencia, cada cierto tiempo Perlita  se para frente a la urna a mirarlo, se desgarra a llorar y vuelve al sillón donde continúa su llanto convulsivo, con la cabeza doblada entre las piernas sin prestar atención a pésames ni conversaciones. Viéndola llorar piensa su madre  en los remordimientos que tendría la pobre niña por vivir tan desarraigada de la familia y no estar presente ni siquiera cuando su padre descendió del avión en un ataúd, quién iba a imaginarlo, pues cuando el dueño del hotel le comunicó  la fatídica noticia ella pasó el día tratando de ubicarla por  teléfono sin resultado alguno, y ya muy entrada la noche, cuando logró que le respondiera un correo electrónico, Perlita se quejó de estar muy enferma, con vómito, fiebre, escalofríos y  con más de una semana de estar varada en París en vez de estar en Bruselas resolviendo un asunto importante de la trasnacional en la que trabajaba. Toma un avión y te vienes como un relámpago porque tu padre acaba de morir, le dijo la madre de manera directa y sin matices.  Fue a Caracas a renovar la visa en la embajada y murió solito en la habitación del hotel. Ahí sí se le quebró la voz a la madre de Perlita y omitió decirle por teléfono los pormenores de cómo lo habían hallado tirado en el piso de la habitación, con piernas y brazos extendidos y cara de espanto, y en cuántas se vieron los maquilladores funerarios para cerrar sus ojos desorbitados, sin poder restituirle ese talante apacible que todos le conocieran en vida. Algo terrible debió de  haber visto en su último momento para que su rostro acusara tan pavorosa compostura, y cómo saberlo si estaba íngrimo en la habitación del hotel. Pero de que su alma iba camino al cielo  no tenía la menor duda la madre de Perlita, puesto que su vida había sido, no de vez en cuando sino siempre, un modelo de bondad y rectitud. Bastaba recordar las infaltables contribuciones que, sin ningún alarde, aportaba a los hogares de ancianos, de niños abandonados, o de toda buena causa que precisara de una mano amiga. Bastaba recordar su actitud de sosiego y cordura frente a las adversidades, su palabra sabia y firme que inducía a la calma a sus desesperados pacientes que en los últimos tiempos aumentaban en número y en desespero, sus diagnósticos clínicos y tratamientos certeros, su claridad en la amistad y su lealtad en el amor, a toda prueba, pues ella jamás tuvo que quejarse de lo que a menudo solía escuchar a sus amigas, que si mi marido no llegó anoche a dormir, que qué desgracia; que si anda con la mujer de fulano, que si llegó con el cuello de la camisa manchado de carmín y oliendo a bicha, que si le montó un apartamento a todo trapo a la barragana y sólo llega de madrugada a dormir para que los niños no hagan preguntas. No, ella jamás sufrió de esas tremendas amarguras. Era una mujer amada, y hubiese sumado más dicha a su vida  de no haber sido por el espíritu inflexible de Perlita, que de niña  cariñosa y dócil se iba tornando al crecer en una joven de carácter enigmático, sombrío e impenetrable. Al cumplir la mayoría de edad sorprendió a sus padres con lo que a ellos les pareció la más loca y absurda decisión: quiero vivir sola en un apartamento, les dijo.  No sin  incontables ruegos a lo largo de dos meses conquistó lo ansiado y fue sólo en ese instante que se le vio cara de desconsuelo a Livio Cordel.

Compró entonces el apartamento para su hija, de lujoso amueblado, y pagaba todas sus cuentas en las que habitualmente ella se excedía. Que primero le faltase el aire a él antes de que algo le fuese a faltar a la niña de sus ojos, que nada fuese a perturbar sus estudios, que nada echara al garete las regias empresas para las que la sabía destinada. Habría dado hasta la vida si hubiese sido preciso por verla contenta en todo momento y no con esa actitud distante y su mirada desaparecida en no se sabe qué pensamientos, que él no quiso indagar para no asediar su intimidad. Ya una vez la madre había hecho el intento y tropezó con una muralla de hielo: prefiero que no interfieras en mi vida privada, mamá.

Concluidos sus estudios, el mismo día del acto académico les comunicó a sus padres otra loca y absurda decisión: me voy a vivir a Caracas. Sí, trabajaría en una empresa trasnacional y en consecuencia tendría que andar viajando por el mundo, todo el tiempo. Desde su partida sólo habían mantenido comunicación por teléfono. Su madre había tratado de indagar más sobre la vida de su hija, su trabajo, sus diversiones, sus amigas, novio. Solo en una ocasión les mandó una foto en la que aparecía en un velero que surcaba el  Mediterráneo acompañada de un  hombre maduro y de aspecto distinguido del cual indicó que era su jefe. La madre continuaba pensando en la vida de su hija como un completo misterio. Comenzó a buscarla en internet. Solo encontró la reseña de su tesis de grado en  lenguas modernas y su mención honorífica en lengua inglesa. Al parecer su trabajo era sumamente absorbente, viajando con personajes importantes como traductora.

Cuando Livio Cordel llegó a la capital en este último viaje que lo llevaría a la tumba, desde el mismo aeropuerto llamó por teléfono a su hija con la esperanza de que esta vez estuviese en la ciudad para invitarla a cenar y charlar aunque fuese un poco después de casi tres años de ausencia, pero su niña le respondió que se hallaba en Paris. Se alojó Livio Cordel en el mismo hotel donde habitualmente se hospedaba y, al registrarse, recordó a su viejo amigo el gerente, como de costumbre, la clave de su solicitud: «y un dulce de frambuesa a la habitación». Sube a la alcoba  y como parte del ritual acostumbrado deja la puerta sin llave mientras se da una ducha energizante. Al salir del  baño, fresco y perfumado,  ve a su dulce de frambuesa que está de espaldas apoyada en la ventana mirando hacia el parque, esbelta y bien a su gusto, en diminutas prendas negras que resaltaban el nácar bronceado de su piel. Se aproximó en silencio y le acarició la espalda, desabrochó el sostén y lo tiró sobre el mueble, y al darle la vuelta para extasiar sus ojos con lo que estaba acariciando, dos enormes alaridos sacudieron la habitación. ¡Papá! ¡Perlita, Dios mío, mi niña! Y fue entonces cuando el hombre se desplomó al piso llevándose ambas manos al corazón con los ojos desorbitados llenos de espanto y que los expertos maquilladores funerarios a duras penas consiguieron entrecerrar con un pegamento trasparente.

Margarita Belandria Sigue leyendo EL ENCUENTRO

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EN TOTUMOS

Cuando su cabeza rodó por el suelo moviendo los ojos hacia arriba y hacia abajo para cerrarse pensativos ya no fue posible percibir que la amenaza del amo y señor de los ejércitos no había sido apenas una metáfora como nos dijo que era a los sufridos habitantes del pueblo de Totumos que asentíamos con la cabeza taciturna escuchando las exégesis de los vocablos proferidos por el amo, el redentor sacrificado, enviado por la divina providencia para salvarnos de las garras imperiales del vecino norteño de Caretas  que robaba con voracidad nunca antes suscitada hasta las aguas subterráneas y todo cuanto se producía, empezando por los huevos, y todo lo que crecía y se movía en el territorio  sufrido de Totumos.  Qué va, el amo era un elegido y como el divino Jesús se sacrificaba para salvarnos  expresándose en pura alegoría  cuyos secretos designios sólo él como intermediario podía explicar a aquellas mentes mentecatas que habían perdido la esperanza y la memoria desde la horrible peste que durante cuarenta años arrasó a sus habitantes con vómitos de sangre y calenturas que  achicharraban la mano a los curanderos isleños cuando la colocaban en la nuca de los enfermos para saber de qué mal se estaban muriendo.  Qué va, hacer una fritanga de cabezas como dijera el redentor sacrificado no quería decir eso sino todo lo contrario y en el más peor de los casos era apenas mandar al cipote a los culpables de tantos desafueros que habían construido puentes y carreteras para que se cayeran no antes ni después sino justo en el momento en que el amo estaba en su gobierno y habían cuidado con esmero el cerro más alto del pueblo para que se desmoronara como un aluvión endemoniado no antes ni después sino justo cuando el amo estaba en su gobierno y habían criado vacas para que se volvieran machorras y en el puro hueso no antes ni después sino  justo cuando el amo estaba en su gobierno y qué otra vaina se podía hacer con esas pérfidas cabezas, marrulleras, que desde antes de  nacer el redentor ya lo andaban persiguiendo y desde antes de  nacer ya estaban conspirando para derrocarle su gobierno, pero una fritanga de cabezas, qué va, eso no quería decir eso. Después rodaron  por montones pero ya más nadie supo que la suya había de ser la  cabeza venidera porque en ese pueblo sufrido de Totumos nadie sabía nada de nada y para que supieran algo de algo  el redentor sacrificado hubo de pedir ayuda a una isla cercana donde la sabia conducción de su patriarca había forjado la más avanzada civilización que se hubiese conocido sobre la faz de la Tierra,  y de allá iban llegando por tandas bandadas de curanderos que curaban todos los males incurables y maestros que sabían   enseñar  la historia como era y  enseñaban a leer hasta a los burros que era lo que más abundaba en aquella desolada podredumbre que era el pobre y sufrido pueblo de Totumos, y enseñaban a meterle el dedo en el culo a las gallinas para saber si tenían huevo pa hoy o pa mañana y cómo rendir la renta carbonera del pueblo de Totumos que tenía minas de carbón suficientes para calentar a todos los emparamados del planeta.  Iban llegando por tandas curanderos prodigiosos que con una sola píldora curaban todos los males y nunca el pueblo fue más saludable y la gente nunca más sufrió de infartos ni de esas tremendas arrecheras porque hasta entonces las rastras de maldades venían empaquetadas con precintos del vecino macabro  de Caretas. Iban llegando por tandas ingenieros que en una sola espabilada levantaban puentes descomunales y autopistas gigantescas que nunca más se fueron contra el suelo, y para completar la hartura de la dicha y  nada más faltase vinieron las putas más sabias de todas la putas de la Tierra que sabían todo lo que había por saber y hacían en la cama o el baño o donde fuera los números nunca jamás por nadie imaginados, qué bendición, y entonces por fin el pobre y sufrido pueblo de Totumos vio a la felicidad en plenitud erguida y solemne como el resplandor de una espada que no sólo la podían lamber y manosear con todos los dedos de la mano y enrollarla y metérsela en el bolsillo o donde fuera sino hacer regueros de ella hasta en los más recónditos extremos  de todos los dominios territoriales donde quedaron abolidos para siempre todos los dolores y hasta la mierda dejó de oler a mierda y ser lo que era para trocarse en terroncitos de oro que se precipitaban como ventarrones sobre los techos de las casas que antes fueran de cartón y barro. No habiendo  más nada por hacer  porque ni una pajita más de felicidad cabía por las rendijas de ninguna parte, se hacían concentraciones en la plaza  donde las muchedumbres fervorosas  aclamábamos al amo y señor de los ejércitos a quien hubo que coserle de emergencia unos gruesos calzoncillos impermeables para sujetar los enormes chorros empinados que  ensopaban sus calzones con cada tanda de aplausos y aullidos de gozo enfebrecido cuyo estruendo hacía volar a las palomas espantadas. Y como único medio de atajar las fuerzas malignas alborotadas a mansalva por el vecino norteño de Caretas y no ver a la felicidad en plenitud descuartizada, ofrendábamos  en altares a los más tiernos inocentes cuya sangre  derramaban piaches y babalaos  sobre el inmenso cuerpo sediento del redentor sacrificado.

 

En Totumos fue publicado en la III Antología de Narrativa. AEM. Mérida-Venezuela, 2006. Y en la Antología de narrativa “Monte y Culebra” editada por la Dirección de Cultura de la ULA. 2009.