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EL PRÍNCIPE Y MAQUIAVELO

 

Para hablar de El Príncipe de Maquiavelo me pareció oportuno comenzar con una reflexión de Platón, en su diálogo el Fedro (263a-b), acerca de los asuntos en los que estamos de acuerdo y de los asuntos en los cuales diferimos, nos oponemos y caemos en disputas. Así, por ejemplo, cuando se habla del hierro o de la plata, del círculo o del triángulo, todos pensamos en lo mismo, es decir, sabemos lo que cada cosa es. Pero no ocurre igual cuando se habla, por ejemplo, de lo justo y de lo injusto, de lo bello o de lo feo, de lo malo o de lo bueno, pues en este tipo de cosas cada uno anda por su lado y disentimos unos de otros y hasta con nosotros mismos, y dice Platón que es en estas cuestiones donde más fácil podemos engañarnos y en donde la retórica tiene su mayor poder. Justamente en estos asuntos, donde la gente discute, se opone y es difícil llegar a conclusiones de validez general, se inscriben El Príncipe y su autor Maquiavelo. Sin embargo, en el mismo Fedro Platón establece métodos seguros, y de completa vigencia en la actualidad, que posibilitan una aproximación a la verdad de las cosas.
En este breve ensayo voy a proceder según el orden natural de los hechos: primero el autor y después al libro.
No hay otra manera de saber acerca de la inmortalidad de un hombre que conociendo su obra. Que la memoria de un hombre resista al tiempo y hasta deliberados propósitos de olvido es grave seña de su gloria. Por qué el pensamiento de Nicolás Maquiavelo es inevitable referencia de la ciencia política y objeto de reflexión filosófica por parte de acuciosos investigadores es digno de considerarse. Pareciera que las obras más indemnes son las que muestran lo más oscuro de lo humano. Esto tal vez sea, en parte, la causa de la inmortalidad de Maquiavelo. Él no propone un proyecto de estado al modo de Platón; su espíritu está enfocado en el ser mismo de las cosas de este mundo de fenómenos que se nos muestran a los sentidos, en lo necesario y en lo contingente, en lo posible, en lo que es nuestro mundo: un reino de la posibilidad y la experiencia.
Además de literato, satírico, erudito, y sumamente irónico, Maquiavelo es un fino observador de la naturaleza humana, de la naturaleza de los pueblos, de sus gobiernos, pero principalmente de sus gobernantes. Su vigorosa experiencia en el campo político, sus embajadas hacia otros países, el trato con el papado, cancilleres, duques, monarcas y sus entornos cortesanos serán el material de sus reflexiones en el destierro, al que fue echado después de haber sufrido prisión y tortura en el potro del tormento, al que fuera conducido al menos seis veces, según afirma Pascual Villari , para arrancarle información acerca de una presunta conspiración contra el gobierno, en la cual Maquiavelo había sido involucrado injustamente, como se lograría demostrar, con toda clase de pruebas, después de los martirios.
Allí en el destierro, junto a las duras faenas de labranza, a las que se vio forzado como cualquier labriego para la manutención de su familia, se dedica con más ahínco a profundizar en el estudio y meditación de los clásicos griegos y latinos. Con el más agudo espíritu científico indagó el alma humana y constató en la historia la invariable condición del hombre: un material retorcido a quien hay que castigar o acariciar. «Los hombres —dice— son siempre malos, a no ser que se les obligue a ser buenos» . También Kant, siglos después, verá en el hombre un ser retorcido y con tendencia al mal, pero, más optimista que Maquiavelo, y firme creyente de la perfectibilidad humana, piensa que el ser humano es mejorable si se permite a sí mismo orientarse por los principios éticos a priori que reposan en su propia estructura racional.
Es pues ahí en el destierro, en medio de su situación desventurada, donde, en las noches, despojándose del vestuario agreste y trajeado con las galas de su perdida investidura, Maquiavelo escribe su Príncipe, entre otros escritos políticos y literarios.
Es dable pensar que sólo los prejuicios y el desconocimiento nos podrían hacer ver en Maquiavelo a un hombre perverso e inmoral, como también insultar a un ser diabólico y pervertido con el calificativo de “maquiavélico” (aliñado además con la mueca, el sonido y el desdén con que se pronunciaría la más fea obscenidad), y atribuirle igualmente a Maquiavelo la frase de que «el fin justifica los medios», una frase que expresa una idea tan antigua, rancia y manida como el mismo corazón del mal. Aunque esta sentencia de que “el fin justifica los medios” amerita una contextualización, puesto que hay campos, como el de la salud entre otros, en los que su aplicación no constituiría un acto reprobable.
Según las investigaciones emprendidas y la documentación existente que lo atestigua, el ejercicio de su cargo en el gobierno de Venecia está signado, no sólo por su inteligente, brillante y efectiva actuación en la solución de magnas y peligrosas encomiendas, sino principalmente por la honradez y pulcritud con que las ejecutaba y entregaba sus cuentas.
De modo que, deducir del contenido de El Príncipe la perversidad de su autor sería tan parecido a pensar que un radiólogo es un mal hombre porque en sus radiografías se muestran huesos rotos, torcidos o mal estructurados. Y eso, a riesgo de simplificar, es más o menos lo que es El Príncipe de Maquiavelo. Una especie de radiografía o de retrato de lo que él vio y conoció en toda su crudeza y realidad. Un resultado de su bien aprovechada experiencia y fina reflexión. Pero no siempre se ha sabido penetrar en su significación y su propósito, y este libro y su autor han sido las más de las veces objeto de ingratas distorsiones.
Este libro, escrito en 1513, será publicado unos cuatro o cinco años después de la muerte de su autor, acaecida en 1527. Maquiavelo lo dedicó a Lorenzo di Piero de Médici, y lo escribió como si con ese joven duque estuviese conversando, a veces suministrándole información, a veces aconsejándolo y dándole recomendaciones, de ahí el método didáctico con el que está escrito El Príncipe. En la dedicatoria le expresa a este joven el propósito de poner en sus manos un libro que le enseñará a comprender en pocas horas lo que él había «conocido y comprendido durante largos años con suma fatiga y grandísimos peligros ». Y continúa diciendo Maquiavelo:

«Queriendo presentar yo mismo a Vuestra Magnificencia alguna ofrenda, no he hallado, entre las cosas que poseo, ninguna que me sea más querida, y de que haga yo más caso, que mi conocimiento de la conducta de los mayores estadistas que han existido. No he podido adquirir este conocimiento más que con una dilatada experiencia de las horrendas vicisitudes políticas de nuestra edad, y por medio de una continuada lectura de las antiguas historias. Después de haber examinado por mucho tiempo las acciones de aquellos hombres, y meditándolas con la más seria atención, he encerrado el resultado de esta penosa y profunda tarea en un reducido volumen, el cual remito a Vuestra Magnificencia (…) Cuando os dignéis leer esta obra y meditarla con cuidado, reconoceréis en ella el extremo deseo que tengo de veros llegar a aquella elevación que vuestra suerte y eminentes prendas os permiten. Y si os dignáis después, desde lo alto de vuestra majestad, bajar a veces vuestras miradas hacia la humillación en que me hallo, comprenderéis toda la injusticia de los extremados rigores que la malignidad de la fortuna me hace experimentar sin interrupción» .

Esta larga cita importa destacarla porque esclarece en mucho el significado y propósito de la obra, así como la intención de la dedicatoria, con la cual, obviamente, dadas sus lamentables condiciones de existencia, buscaba Maquiavelo ganar el favor del futuro Señor de Florencia.
En cuanto a la significación y propósito de la obra, es evidente que Maquiavelo quería darle a conocer las causas que, según su observación y conocimientos, hacían surgir o perecer a las Naciones; lo que las arruinaba o las hacía prosperar. Y por sobre todo, mostrarle cómo establecer un Estado fuerte y duradero y cómo ser un buen gobernante. Así, por ejemplo, pese a que en todo el texto hay prevenciones en este sentido, el capítulo XIX trata especialmente de que el gobernante debe evitar ser despreciado y aborrecido. Expone allí que lo que más que ninguna otra cosa hace odioso al gobernante es ser rapaz, usurpar las propiedades de sus gobernados, robar sus mujeres. Y debe siempre abstenerse de ello. Mientras no se quitan a la generalidad de los hombres su propiedad ni su honor viven ellos como si estuvieran contentos . Pero además de la rapacería y de arrebatar los bienes de los gobernados, un gobernante cae en el desprecio «cuando pasa por variable, ligero, pusilánime, irresoluto ».
Los Estados ordenadamente equilibrados y los príncipes sabios —dice Maquiavelo— cuidaron siempre de tener contento al pueblo sin descontentar a los potentados hasta el grado de reducirlos a la desesperación . El gobernante que logre conquistar de este modo la buena voluntad de su pueblo habrá de inquietarse poco de las conspiraciones, pero « cuando éste le es contrario y le aborrece, tiene motivos de temer en cualquiera ocasión, y por parte de cada individuo» .
Un examen más detallado de este libro rebasaría el propósito que nos ha reunido hoy aquí en este Auditórium. Pero ya para culminar, y con el pensamiento puesto en lo que en este sentido ha venido ocurriendo en Venezuela, quiero referirme a lo que piensa Maquiavelo acerca del uso del castigo y la crueldad. Comienza aclarando que si es lícito hablar bien del mal, «podemos llamar buen uso los actos de crueldad que se ejercen de una sola vez, únicamente por la necesidad de proveer a su propia seguridad, sin continuarlos después, y para la mayor utilidad de los gobernados. Los actos de severidad mal usados son aquellos que van siempre aumentándose, y se multiplican de día en día, en vez de disminuirse (…) Es menester, pues, que el que toma un Estado haga atención, en los actos de rigor que le es preciso hacer, a ejercerlos todos de una sola vez e inmediatamente, a fin de no estar obligado a volver a ellos todos los días, y poder, no renovándolos, tranquilizar a sus gobernados» . En cuanto a los bienes patrimoniales, considera Maquiavelo que cuando sea indispensable derramar la sangre de alguno, no deberá hacerse nunca sin que para ello haya una conducente justificación y un patente delito. Pero debe entonces, por sobre todas las cosas, no apoderarse de los bienes de la víctima, porque los hombres olvidan más pronto la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio. Si fuera inclinado a robar el bien ajeno, no le faltarían jamás ocasiones para ello: el que comienza viviendo de rapiñas, encuentra siempre pretextos para apoderarse de las propiedades ajenas .
En cuanto a la apropiación de los bienes ajenos, es preciso destacar que ya en una carta que Maquiavelo le dirigiera al Cardenal de Médici conminaba a esta poderosa familia a no apropiarse de unas tierras que habían caído en su posesión, «apoderarse de ellas —le decía— provocará odios inextinguibles, porque los hombres experimentan más pena ante la pérdida de una granja que por la muerte del padre o del hermano» . Un punto que interesa resaltar de este fragmento es el comentario de Napoleón Bonaparte al pasaje de Maquiavelo que dice: «Cuando sea indispensable derramar la sangre de alguno, no deberá hacerse nunca sin que para ello haya una conducente justificación y un patente delito». Justamente en la frase ‘un patente delito’, Bonaparte coloca una nota diciendo: «Los forja uno cuando no los hay reales».

Prof. Margarita Belandria. Ponencia pronunciada en el Coloquio «A quinientos años de El príncipe de Maquiavelo (1469 – 1527). “Su actualidad filosófica en Hispanoamérica”». Organizado por el Doctorado en Filosofía y la Dirección de Cultura de la Universidad de Los Andes. En el Teatro César Rengifo. Mérida, 5 de diciembre de 2013.

2 comentarios en “EL PRÍNCIPE Y MAQUIAVELO

  1. Siempre he considerado a Maquiavelo como un profundo analizador de su realidad política, de la que le tocó vivir, si da consejos al duque es por productiva experiencia. El artículo me acaba de abrir una nueva visión sobre la obra de Maquiavelo y es que su experiencia se adelantó a nuestra realidad o que simplemente han transcurrido más de quinientos años y ciertas formas de gobernar o de ejercer el poder en los estados no ha variado mayormente desde la época del sabio…sobre todo en nuestros estados latinoamericanos.
    Fántastico análisis del fragmento.

  2. Excelente ensayo este de la Dra. Belandria. Un escrito que, en el contexto de la situación actual venezolano, asoma como vigencia precisa, actualiza y hace memoria del chavismo inoportuno y secuestrador de la propiedad privada en nuestro país.

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